Te comes los días del calendario
empezando por los miércoles
porque dices
que para ti,
los lunes es el único día
que te sirve para comerte los gemidos que salen de mi cama
y que los martes
prefieres quedarte durmiendo en mi nuca
para que se te pase la resaca que te da la noche,
sin entender
que mi reseca es tu mirada
y que mi lunes empieza en la comisura de tus labios
y termina en el botón de tu pantalón.
Caminas por la vida
con tus viejos zapatos rotos
y con un aire de pasotismo
porque te la suda el mañana
y te la raja el ayer.
Y tú no comprendes cuando te digo que te odio
porque vivir es sinónimo a ti.
Eres capaz de convertir
cada cosa que (me) tocas en casa,
haciendo de mí tu casa
y de ti mi hogar.
Y eso supone más de lo que tú crees,
porque luego me tocas la barriga,
buscándome mis cosquilla,
y te quedas ahí,
decorándola como se decora una casa vacía
y yo me quedo ahí,
mirándote como se mira a un punto sin fijar.
Podrías escribir,
si quisieras,
un libro contando el por qué
odias los días lluviosos
pero no serviría de nada
hasta que no llegaras a entender que tú eres el único
capaz de hacerme llover.
Cargas tu pistola
con la única palabra
que podría matarme
para luego jugar conmigo
a la ruleta rusa
porque sabes que la pistola
se quedará encasquillada
en el momento que me toque a mí.
Respiras
sin entender que cuando estás cerca
prefiero dejar de respirar
para empezar a respirarte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario