25.11.13
3
La sensación de que falta algo me destroza por dentro
y al mismo tiempo por fuera.
Los libros ya no me contaban historias,
las calles ya no me susurraban secretos
y los cafés ya no sabían a invierno.
Tampoco encontraba consuelo
en eso de beber cerveza,
pues ya no me emborrachaba.
Ni siquiera las nubes me consolaban
qué decir de la lluvia,
ella ya no transmitía ilusión.
Quise engañarme fingiendo que estaba bien,
que estaba completa
pero sin ella, yo no.
Ella me enseñó a escribir,
me animó a hacerlo.
Me enseñó lugares secretos de aquella desconocida ciudad
y muchos de esos sitios los descubrimos juntas.
Me enseñó que leer en compañía era lo que verdaderamente servía de leer,
aunque para ello tuviéramos una pelea por día a ver quién cogía la almohada.
Me enseñó que la distancia se mide en ganas
y que los kilómetros no son más que corazones con ganas de abrazar.
Me enseñó a quererla en menos de un año.
Me enseñó que las peleas de mostaza y ketchup pueden terminar muy mal
si se hacen un día antes de coger un avión.
Y hasta eso me enseñó, que un avión puede ser tu peor enemigo
pero también el mejor.
Me enseñó que las ganas de vivir no están en el más sano del mundo
sino en el que esté más loco.
Me enseñó eso y más en un año.
Pero sabéis,
no todas las historias terminan mal
y la mía hace tiempo que decidí que no lo hiciera.
Dentro de tres días la veo
y no os imagináis como lo necesito,
a ella y a sus ideas desmesuradas,
a sus pitillos en boca y en piernas,
a sus comidas sorpresas,
a sus lambruscos los fines de semana,
y a veces entre semana,
a su necesidad por ver hora de aventuras,
a ella,
a sus poemas, y eso que algunos te pillan a traición
en algún bar acogedor,
a sus gritos desde la cama para que le apague la luz,
y hasta eso, a su cama que es mi pequeño refugio por la mañana.
Y a Kei, a Kei también.
No lo sabéis,
pero lo peor es que tampoco lo entendéis
porque no la conocéis
pero que más da.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario