Ella recorre los lugares
más escondidos de las
ciudades más conocidas.
Entra en los bares,
se sienta en cualquier butaca,
se apoya en la barra
y pide el vino más caro
esperando a algún despistado
que no la haya visto o que no la haya
querido ver. Justo entonces,
decide que ese será su juguete esa noche.
Ella es capaz de desnudar al viento más fuerte,
es capaz de arropar a las olas que rompen
contra las piedras de los acantilados
y es capaz de hacerle compañía a las calles
más solitarias que jamás se hayan encontrado.
Ella jamás se quedara sola toda la noche
necesita de alguien
para poder sentirse realizada.
Ella no tiene límites,
está en la pareja más enamorada
y en la menos;
está en el chico que se sienta junto al árbol
esperando a que alguien le pregunte si está bien.
Está en el empresario que cada mañana se despide
de su mujer con un beso de buenos días.
Está al lado del gato que se sube todas las noches
al tejado de alguna casa para ponerse a maullar.
Está apoyada en la pared de cualquier esquina haciéndole
compañía a la prostituta de turno.
Porque es ella, la soledad,
la única que puede hacer sentirse
a un hombre el ser más desgraciado que jamás se haya
encontrado o quizás el ser más incomprendido que nadie
nunca haya conocido.
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