21.12.14

cobardía

Creció odiando las agujas del reloj que jamás le ahogó
pero siempre le apretó.
Creció pensando que el mundo se equivocaba cuando llamaba paraíso
a la cárcel más bonita en donde nadie nunca mereció vivir.

Nunca supo qué le hacía feliz de pequeña,
pero lo era. Le bastaba una sonrisa de cualquiera para sonreír
sin pensar en nada más.

Pero los años pasan y el mar aprieta,
igual que apretaba las ganas de dejarse hacer daño.
Escuchó demasiado, pensó aun más
y sobre todo,
no dejó que nadie trepara por sus caderas por miedo a que,
al final, le gustara lo que ella no aceptaba.

Lo peor de esta historia no fueron las pocas mentiras que contaba para no herir a personas,
y las otras tantas que se contaba a ella misma.
Lo peor  es que nunca permitía que sintieran lástima por ella,
ni eso merecía.

No supo explicar porqué cambio,
ni porqué a ratos era feliz y a ratos no.
Olvidó que a veces nadar a la superficie asfixia más
que dejarse caer al fondo.
Cambio a islas con libertades por penínsulas que eran
la respiración entrecortada que nunca supo controlar.
Murió en vida, y jamás se arrepentirá de eso
porque sobrevivir a su propio hundimiento,
es lo más difícil a lo que se ha enfrentado nunca.

No le llaméis valiente porque aun es demasiado cobarde
como para cerrar algunas heridas. Y la cobardía le parece preciosa.
No le llaméis de ninguna manera porque así le estaréis llamando de todas.
Si la veis por alguna calle de su mundo dadle un abrazo,
y recordadle que la sonrisa es lo primero que se pierde y lo último que se recupera.

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