Huele a margaritas muertas,
de esas que se te pegan a las rodillas
cuando deshojas los pétalos de algún colchón
que ya florece sin dueño.
Huele a recuerdos quemados,
los mismos que se comen las hogueras de san juan.
Aquellos de los que nos desprendemos
cuando dejamos ir a alguien.
Huele a invierno y no sé
si en el aire o en las bragas,
pero huele a invierno.
Huele a la desesperación de cualquier habitación de hotel
que grita en silencio
pidiendo tregua a las parejas que solo son sexo,
y quizás sean las mejores.
Huele a gasolina y a pintura a la vez.
Y eso asusta y excita a partes iguales.
Huele a vida, pero yo no te huelo
y no entiendes el peligro que eso encierra.
Huele a vida, y tu no me hueles
porque no me ves,
y no eres consciente del daño que puedes llegarme a hacer.
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