23.8.14
...
Culpamos a los otros de no querernos, de dejarnos ir, de dolernos. Los culpamos, porque culparnos a nosotros mismos es ser demasiado valientes. Valientes para reconocer que preferimos vivir con dolor (o para el dolor).
Nos dolemos lento, pausado, sin prisa porque un dolor infinito nos destruiría demasiado rápido, y mejor si dura, si lo convertimos en algo eterno. Nos herimos a nosotros mismos, y cuanto más profunda la herida, mejor. Y que cicatrice, que cicatrice también despacio, para que nos de tiempo a volver a abrirla cuando esté a punto de curarse. Porque dejar que se cierre significaría dejar ir a aquello que un día nos hizo dolernos hasta limites inconfesables. Y entonces vendría el vacío, lo que nos asusta por desconocido, el poder estar tranquilos con nosotros mismo (el miedo a no sentirnos vivos por ausencia de dolor).
Pero que no se nos olvide culpar a la persona que tengamos cerca, que no se note nuestra cobardía. Porque intentar perdonar a nuestros acusados, en el fondo, es sólo una forma de perdonarse a uno mismo, y dejar de ser cobardes nunca estuvo entre nuestros planes.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario