23.2.14

Tú siempre llegas, siempre.

No sabía cuánto aguantarías o cuánto aguantaría yo,
porque nunca había vivido algo parecido a esto.
Empecé con el pensamiento de
                                                       "no dejes que se instale en el alma"
y al final, te instalaste en el corazón.
Te instalaste sin pedir permiso, sin tan siquiera darme una advertencia,
y míranos.

Te juro que a veces te mataría,
y te salvas por la distancia, que conste.

Nunca te he visto llorar.
A ti, en cambio, te hacen falta las dos manos,
y quizás hasta tres,
para contabilizar las veces que lo he hecho yo.
He llorado delante de ti, cuando has dormido y hasta cuando no me has visto.
Te confieso que la última vez fue el 15 de febrero.
Lloré, y no sólo por lo que me dijiste,
sino porque las palabras venían de ti. No sabes cuánto necesitaba oír eso,
nos salvaste. 

Aprendí a querer a distancia, a confiar a ciegas en alguien que sólo conocía de tres semanas.
Aprendí a respetar para que me respetaran, a querer al dolor.
Aprendí a leerte entre líneas, a saber cuándo debía poner el punto y final a una conversación.
Aprendí a joderte con ironía, a quererte y a quererme.
Aprendí a pensar en plural, y aprendí a echarte de menos, mucho.

Soy de callarme las cosas, porque prefiero joderme yo
pero contigo es imposible porque me conoces mejor que nadie.
Te odio.
Te odio cuando te digo que estoy bien y tú me sueltas eso de -"te conozco aunque no te vea ¿qué te pasa?"-
y claro, así como para no morir de amor.

Llegas tarde a nuestra cita en la isla, y lo sabes,
pero tú siempre llegas, siempre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario